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11600 km . Kaxgar . Urumqi . Lanzhou . Xiahe . Chengdu . Yaan

 

He entrado a China por la provincia de Xinjiang. La más grande y desértica del país. Los 90 kms que me separan de Kaxgar se me pasan volando. En parte por las ganas de llegar a una ciudad china. No tardo en percatarme que circulo por una autopista. Paso varios peajes ante la atónita mirada de los controladores. No veo ruta alternativa en el mapa por lo tanto sigo.

Menuda sorpresa al llegar a Kaxgar. El 90% de la población es Uyghur. Un grupo étnico con raíces turcas. Son musulmanes y usan el alfabeto árabe. Las mujeres visten vestidos de colores alegres y se cubren la cabeza. Los hombres usan un sombrero distintivo.

La ciudad aunque no llega al medio millón de habitantes tiene un ritmo trepidante. La vida se hace en la calle. Artesanos de todo tipo de ganan la vida trabajando con las puertas abiertas. La comida callejera es deliciosa y el precio de risa. Las facciones de los locales no son asiáticas y tienen la tez oscura.

Debido al gigantesco tamaño de China y que mi visa es de tan sólo un mes decido coger un tren hasta Lanzhou. Dos horas y media de cola después tengo los billetes. Iré hasta Urumqi y de allí a Lanzhou. 3200 kms de recorrido. Un día antes de salir envío la bicicleta y maletas en otro tren tipo Cargo.

El viaje dura 42 horas. Las 20 primeras sentado en un vagón en el que se venden más billetes que asientos libres. Un único lavabo que nadie pasa a limpiar en todo el trayecto. Y un ambiente que mezcla el exceso de personas, el humo de los fumadores y el tiempo del reloj. Las últimas 22 horas dispongo de litera y me las paso durmiendo.

Con los pies en Lanzhou, un poco aturdido por el viaje, voy a recoger la bici y alforjas pero me dicen que pase mañana porque aún no han llegado. La misma historia se repite los dos días posteriores hasta que reconocen no saber dónde están mis alforjas. Por lo visto la bicicleta la tienen pero las maletas han ido a ”quién sabe dónde”. Una situación desmoralizadora. En las alforjas lo tengo todo. No saben dónde están ni cuándo sabrán dónde están…ni si las encontrarán.

Ante tal panorama me voy a Xiahe para darles tiempo. Es un pueblo tibetano a cuatro horas en autobús de Lanzhou. Allí está el monasterio Labrang donde viven 2000 monjes, el mayor monasterio budista fuera del Tibet. Los tres primeros días me quedo en la habitación del albergue con fiebre, pensando que sólo debería estar permitido enfermar estando en casa de uno. Medio repuesto visito el pueblo. La gran cantidad de turistas le roban parte la esencia de lo que debería ser un lugar de meditación y rezo. Los turistas son chinos de otras provincias. Las escenas de aglomeraciones para tomar fotografías se repiten en cada esquina. Sólo tras un corto e intenso chaparrón las calles se quedan vacías y Xiahe recupera la tranquilidad.

Regreso a Lanzhou y hay noticias sobre mi equipaje. Está 1000 kms al sur, en Chengdu. Tardaría unos tres días en llegar. Decido ir yo a buscarlo. 17 horas de tren. Esta vez durmiendo en el vagón de la cafetería, mucho mejor que en el de pasajeros.

Chengdu me recibe con lluvia. Recojo bicicleta y alforjas y voy al hostal. Lamentablemente aún no estoy recuperado y el cansancio y el agua me provocan una recaída. Otra vez malo. Cinco días de reposo. Qué está pasando! Para más inri el pasaporte me caduca en menos de seis meses no permitiéndome entrar en otro país. El consulado más próximo está a 1800 kms y tardan un mes en renovármelo. No es viable porque en ese tiempo ya me habrá caducado el visado chino.

Decido pasar los últimos días en China por las montañas cercanas al Tíbet y luego coger un avión desde Chengdu a Madrid. El plan es bueno pero el tiempo y las frondosas montañas lo complican.

Salir de Chengdu con la bicicleta me lleva casi todo un día. La ciudad nunca se acaba. Viven 14 millones de habitantes y las vías rápidas para salir de la urbe sólo son para coches. Cansado de estar en un laberinto me meto por la autopista. Una vez alejado del centro salgo de la vía de manera poco ortodoxa y repesco una carretera nacional. Acampar parece imposible. Todo el suelo está ocupado. Casas y plantaciones. Desviándome por un camino encuentro un pequeño terreno de arena y hierbas. De madrugada llueve y la arena se vuelve barro. Por la mañana un lodo pegajoso y compacto crea una doble suela en los zapatos. Las ruedas de la bici quedan bloqueadas al tratar de sacarla del barrizal. Tengo que arrastrarla varios metros y luego quitarle el barro. Mis pies pesan del cúmulo de lodo. Cuando consigo salir voy hecho un Cristo. Además no para de llover y los impermeables ya no repelen el agua. No tengo más alternativa que seguir. Llueve todo el día. De nuevo acampar es inviable y monto la tienda en un callejón entre invernaderos abandonados. Al tercer día la lluvia es intermitente. Enormes arrozales y más tarde campos de té. Hay gente constantemente. Al final de la jornada el paisaje se vuelve más montañoso y salvaje. La vegetación es exuberante y una nieblina cubre la copa de los árboles. Un pequeño terraplén me sirve para plantar la tienda. Por la noche el ruido de los insectos es ensordecedor.

Al siguiente día parece que esté en una selva tropical. Paredes verdes se alzan a lado y lado de la carretera. La vegetación es tal que los árboles quedan sumergidos en un manto de malezas y plantas. Hay mucha humedad y un suave rocío lo empapa todo. Los valles están ocupados por pueblos que aprovechan el espacio con edificios de treinta plantas y caudalosas presas de agua. Toda la ropa está mojada y con la humedad no se seca. Después de dos horas buscando encuentro un espacio entre cañas de bambú para acampar. No es fácil acceder hasta allí. El camino es revaladizo y estrecho. A un lado el río y al otro la densa vegetación. Cuando he conseguido pasar la bici hasta el bosque de bambú veo al comité de bienvenida. Unos gruesos y largos ciempiés rojos y negros invaden todo el suelo. Se pone a llover. Acampo y cierro bien las cremalleras de la tienda. No quiero visitas.

Empieza el día igual que terminó, lloviendo. Ante la imposibilidad de acampar y el sin cesar de las precipitaciones decido volver a Chengdu.

Paso la última semana callejeando y observando la vida de la ciudad. Igual que en Kaxgar, Lanzhou, Xiahe y los pueblos cercanos a Chengdu, los locales son simpáticos y extrovertidos. La mayoría de turistas en China son chinos. Bicicletas y motos circulan por un carril paralelo al de los coches. Nadie usa casco. Las motos son eléctricas. El tráfico fluye muy bien pese a las constantes infracciones. La comida tradicional servida en locales a pie de calle es deliciosa. Entre uno y dos euros el plato. Sonarse la nariz en público es de mala educación, no lo es escupir ruidosamente. Las mujeres trabajan en la construcción, de mecánicas y camioneras. Grupos de locales hacen taichí en los parques. Pocos hablan inglés. Muy pocos saben dónde está España.

En menos de 24 horas sale mi vuelo hacia Madrid.

 

Fotos Kaxgar

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Lanzhou

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Xiahe

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Chengdu

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Dirección zonas tibetanas de la China

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Posted from Chengdu, Sichuan, China.

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11170 km . Osh . Gulcha . Aktala . Sary Tash . Irkeshtam . Ulugqat

 

Es la recta final. La carretera, tratando de engañarme, sube discretamente. Lo sé porque la bicicleta me pesa y aparentemente no hay desnivel. Los primeros días voy siguiendo el curso de un río con un calor agradable. El tercer día el buen tiempo me abandona. A tres mil metros, sin sol y lloviendo. Justo antes del puerto que tengo pendiente encuentro un vagón de tren usado como vivienda. Monto la tienda a su lado con unas excelentes vistas al paso que mañana treparé. La familia del vagón me invita a pasar y calentarme junto al fuego.

Deja de llover de madrugada. Al mismo tiempo que una vaca atraída por el olor a comida que desprende una de mis alforjas se acerca curiosa y tumba la bici. ”De ahí no pasa”.

El asfalto aún mojado brilla con la luz del Sol. El paso está a 3550 mts. Con la energía mañanera resulta hasta fácil. Arriba unas niñas salen corriendo de unas yurtas y me dan flores. Les doy unos polvos dulces para el agua y creo acertar por las caras que ponen. Llego a Sary Tash, famoso porque allí la carretera se bifurca para ir a China o a Tajikistán. Hay un enorme valle con agua anaranjada y nubarrones. Yo avanzo hacia el este por el lado norte del valle y unos gigantes blancos lo hacen por el sur. Ruedo a más de tres mil metros y viéndolos me siento pequeño e intimidado. Son los Pamires de Tajikistán y China. Colosales montañas nevadas de hasta siete mil metros. Las nubes cubren el norte del valle. Mientras yo me muevo en la sombra contemplo como el Sol ilumina los Pamires. El contraste es brutal.

He tenido suerte de poderlos ver. A la media hora las nubes descargan y la visibilidad queda reducida. La tromba de agua es considerable y monto la tienda. El agua se cuela por una costura y paso la noche escurriendo la toalla cuando ya no puede absorber más agua. Por la mañana la niebla, el frío y el rocío lo cubren todo. No veo a más de diez metros. Es muy densa. Sé que se acercan los coches por el sonido. Pocos segundos después salen de la espesa niebla y vuelven a desaparecer. Así no es como había imaginado llegar a China. Cuanto más me acerco a la frontera mejor día hace. Los últimos kms son duros y bonitos. Estoy entrando en el desierto montañoso. Irkeshtam es el último pueblo de Kirguistán. Las casas y negocios son oxidados vagones de tren con nuevas funciones. Un lugar difícil para vivir.

Cruzo la frontera kirguisa y llego a la china. Me sorprende el mal estado de las instalaciones. Un gran edificio blanco al que se le caen las tachuelas y le crecen malas hierbas en el tejado. Por primera vez desde que salí de España me revisan el equipaje. Luego me obligan a tomar un taxi compartido durante 130 kms hasta salir de la zona prohibida para los civiles. Estoy en Ulugqat. Allí volvemos a pasar un control y por fin me dejan ir. Libre en China. Llegué a la frontera a las dos y son las ocho. Pedaleo durante la noche. La carretera es excelente y la brisa agradable. Acampar no resulta fácil porque los laterales de la calzada están vallados. Aprovecho un pequeño espacio entre secciones para pasar, montar la tienda y dormir. He llegado a China.

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Posted from Kizilsu, Xinjiang, China.

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10870 km – Bishkek – Issykul – Songkul – Kazarman – Jalabad – Osh

Con el visado de China listo me marcho de Bishkek. A mi izquierda veo las montañas del país vecino, Kazajastán. Me habían hablado mal de esta carretera. Peligrosa y sin encanto. No me lo parece. La ascensión hasta el lago Issyk kul es de unos mil metros pero de forma muy suave. El escenario es cambiante. Montañas áridas, valles verdes y grandes bloques de piedra que se alzan a cada lado de la carretera. Tardo dos días en alcanzar el Este del lago y acampo en una zona de dunas detrás de una estación de trenes de mercaderías.
Tras una breve visita a Issyk kul y cargar las alforjas con agua y víveres cambio de rumbo hacia el sur. Hacia el interior de Kirguistán. La carretera sube por tierras desérticas con montañas sin vegetación. Llego al lago de la reserva de Orto Tokoy, una maravilla. Por las arrugadas montañas que rodean el lago y porque no hay nadie. Tan sólo un grupo de camellos me sorprende en la carretera cuando me voy. El paisaje cambia de nuevo y entro en un valle verde y fresco donde acampo.
A la mañana siguiente me encuentro con dos chicas suizas que han venido un par de semanas a pedalear por el país, Miriam y Bárbara. De casualidad mientras charlamos llega un grupo de cuatro chicos también en bici. Claudio y Ken, franceses. Nicola, sueco. Nikita, ruso. Se conocieron ayer haciendo ruta. Todos vamos hacia el lago de Song kul así que formamos un pelotón. Llega el desvío hacia el lago y acaba el asfalto. Unas rampas inesperadas me hacen sudar pero eso es sólo la punta del iceberg. Al siguiente día y después de unos 40 kms llegamos al primer paso de montaña. La subida es criminal. En 15 kms se supera un desnivel de más de mil metros pero lo más duro es el estado del camino. Piedras, baches, bancos de arena…Tengo que empujar la bici en muchos tramos hasta que doy con la cima del paso, 3450 mts. No hay árboles y el aire es frío. Enormes bloques de nieve se mantienen unidos resistiéndose al calor del verano. El descenso nos conduce hasta Issy Kul, un lago alpino a 3000mts. Yurtas de familias nómadas en medio de planicies kilométricas. Niños cabalgando al galope enormes caballos. Rebaños de ovejas. El camino es llano pero se enrudece. Un constante traqueteo afloja los tornillos y pone a prueba las ruedas de mi bicicleta sin suspensión y cargada hasta los topes. Pasada la noche los franceses y Nikita marchan temprano mientras Ramona, Miriam, Nicola y yo desayunamos. Después de darle al pedal una hora paramos donde unos niños que han salido de las yurtas corriendo y chillando a grito pelao: “Turist,Turist!” Tienen caballos y una oveja en el puchero. En el interior de la yurta envuelta en pieles el ambiente está cargado. En esa redonda cabaña de escasos 15 metros cuadrados viven los siete miembros de la familia. Cocinar, comer y dormir en su interior y las demás actividades al aire libre. Nos dan caldo, grasa e intestino del cordero que están cocinado. Panecillos aceitosos y algo parecido a la mantequilla para untar. Les damos el dinero que nos parece ya que nos quieren invitar.
Las piernas todavía están resentidas del paso de ayer, por eso paramos a orillas del lago para montar las tiendas y pasar la tarde. Una nube de dóciles pero cansinos insectos nos rodean hasta que a media tarde se gira el tiempo. En una hora la camiseta ha dejado paso al anorak. Frío, viento y lluvia.
A la mañana me despido de  Song Kul con un baño matutino y de las chicas con tres besos como hacen en Suiza. Nikola y yo bordeamos el lago por el sureste. Nos despedimos con una pequeña pero intensa subida que nos regala unas fascinantes vistas de las montañas. Es entonces que soy consciente de lo altos que estamos, al ver todas esas cimas a la misma altura en la que me encuentro yo. Nos pasamos el día bajando. Clavando freno porque a la que te embalas te comes alguna piedra. En Jani Talap reponemos alimentos en las tiendas del pueblo y acampamos junto a un canal de riego en unos campos de cultivo. La brisa es agradable y huele a verde.
Con las pilas cargadas salimos. Según el gps vamos campo a través y la altura de la maleza cada vez le da más la razón. De pronto el suelo está seco, sin vida. Piedras y polvo en el camino. Montañas con pequeños arbustos resecos. Del traqueteo se rompe un radio de la rueda trasera. Es un sube y baja constante. Las nubes no dejan pasar la luz del Sol pero sí su calor. A los 50 kms topamos con el paso de Karako Asasu de 2800 mts y estamos a 1750 mts. Es impactante ver hasta donde sube el camino desde la base de la montaña, impactante y acojonate. El camino hace zigazagas. Sopla un viento muy fuerte que hacia el este me empuja y hacia el oeste me frena. Lo más suave que hago es mentarle a la madre. Sin bajar de la bici llegamos a la cima. Nos refugiamos de la lluvia en un vagón de tren reformado como vivienda. Una familia nos ofrece té y nosotros les damos unos dulces a los niños. Dormimos pasada la cima en un pequeño rellano que hay a un lado del camino, entre montañas.
El siguiente día resulta el más agotador. El tacataca constante, el sofocante sol, la sequedad del ambiente, el polvoriento camino y un incesante sube y baja… Bienvenidos a Kirguistán! Tres pinchazos más tarde topamos con un pueblo y en su única tienda sólo tienen alcohol y caramelos. Los niños nos acompañan hasta la fuente de agua y nos rellenan las botellas. Acampamos a las afueras.
Nos despertamos con más optimismo ya que a 40 kms está el pueblo de Kazarman y hemos oído que tienen hasta restaurante. Arriba hasta los 2600 mts, luego una larga bajada hasta los 1600 mts, cruzar el río Naryn y pedalear en llano. Cuesta de creer que sea llano. El centro del pueblo es un semicírculo. Sus radios son bloques de viviendas en precarias condiciones de legado soviético. Disfrutamos de una merecida comida, cargamos los aparatos eléctricos y nos relajamos junto al aire acondicionado. Al atardecer salimos del pueblo y pedimos permiso a un campesino para poner las tiendas en sus dominios.
El último paso antes de volver a el asfalto nos espera. Nicola quiere hacerlo de una tirada así que nos despedimos. Son 60 km sin parar de subir, en los últimos 25 kms llegas a los 3200 mts empezando a 1600 mts. Al llegar a los 3000 mts paro y me dejo el resto para el desayuno. La noche es fría y silenciosa. El cielo plagado de estrellas. Duermo de un tirón.
Una tenue neblina que hace fruncir el ceño me da los buenos días. Llego al paso dejando grandes placas de nieve detrás de mi y empieza el descenso. Es un auténtico camino de cabras. Dos horas después llego abajo y sigo un río. Pero lo sigo desde las colinas, arriba y abajo, arriba y abajo. Un subidón de adrenalina me invade al pisar asfalto pero dura poco, unos centenares de metros y otra vez mi querido camino pedregoso. 15 kms después vuelve la carretera y esta vez sin sorpresas.
Por la mañana, motivado por haber acabado con el tembleque continuo de la última semana pedaleo con energía. Estoy deshaciendo camino por el que pasé hace un mes cuando iba hacia Bishkek. Sube y baja, rampas de 12×100 pero en asfalto. Hago 115 kms y me paro a dormir en un campo con manzanos. Qué fácil parece todo. Buena carretera, sitios donde comprar comida y agua, árboles que dan sombra…
Después de dos semanas de ruta continua y 870 kms en su mayoría por caminos tremebundos llego a nuevamente a Osh. Varios pinchazos, un radio roto, dos tornillos perdidos, un freno fuera de sitio y hasta arriba de polvo. Un balance muy positivo viendo por donde he metido a la pobre. Tengo China a tiro de piedra, a tres o cuatro días. Antes descansaré unos días en la ciudad.

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Posted from Kashgar-Kyshtak, Osh Province, Kyrgyzstan.

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10000km Osh . montañas. Bishkek

Para llegar a Bishkek la capital tengo que cruzar las montañas de sur a norte haciendo dos pasos de más de tres mil metros. La aproximación a los pasos es sensacional. La carretera va colgadaa de inmensas montañas siguiendo el curso de un río enorme de agua turquesa. La ascensión es suave pero continua. Voy acampando donde encuentro un llano. Al llegar al lago de la reserva de Toktogul lo bordeo hasta KaraSuu donde paso dos días ajustando la bici. El eje del plato se afloja y los pedales bailan hacia los lados. A base de martillazos me lo intentan arreglar. Va a ser peor el remedio que la enfermedad. Nadie sabe de bicis en el pueblo. Desmontamos, tratamos de apretar, estiramos de cables… conseguimos que casi no tengan juego los pedales pero pierdo el plato grande y las marchas saltan de vez en cuando. Mientras aguante así me conformo.
Empiezan las etapas de subidas criminales.
Para llegar a el primer paso de 3175 mts la subida se extiende durante 70 kms y la pendiente varía entre el 5 y el 12 por ciento. Los últimos 5 kms una inesperada tormenta me alcanza. Llueve y sopla un fuerte viento de cara. No quiere que llegue a la cima. Parece hecho a propósito. Demenciales los ultimos 5 kms. Tardo casi una hora en recorrerlos. Hace un frío que pela. Está nevado y tras cruzar el paso me meto en una yurta para entrar en calor. Pierdo un poco la noción del tiempo y al salir de la casa nómada ya ha anochecido. A oscuras, lloviendo y con mucho frío monto la tienda en lo que me parece ser la ladera de una montaña. Por la mañana sin el viento ni la lluvia el sol me hace sudar dentro del saco desde bien temprano. Resulta que he acampado en un lugar precioso y no tenía ni idea.
Los siguientes setenta kms los empleo en cruzar un valle entre montañas con picos nevados y repletas de yurtas y caballos. Como si de un videojuego se tratase al final del valle se encuentra el monstruo final. El paso de 3530 mts. Para más inri se puede ver como la carretera serpentea escalando la montaña. 20km al 12×100 de desnivel. El peor de los aliados se me une, el viento frontal. A medio camino de la cima y con unas vistas excepcionales de la cordillera sur nevada encuentro a un francés acampado. También viaja en bici. Intercambiamos unas palabras y acampo a su lado. Tiene 53 años, muchas batallas que explicar y mucha, mucha labia. Hasta cuando nos damos las buenas noches me sigue contando historietas de tienda a tienda. Bromas a parte resulta muy enriquecedor conocer a Alain.
Los últimos ocho kms de subida me los meriendo en un santiamén al haber descansado y tomado un buen desayuno. El paso no está indicado, llego a un túnel de unos 4 kms sin ventilación. Mientras lo cruzo la carretera descende un poco… al salir del otro lado doy por entendido que ésa es la cima. Se nota la falta de oxígeno al caminar por la montaña hacia la nieve.
La bajada es alucinante. Más de una hora sin pedalear y clavando freno para no embalarme. Con tanto peso y esa inclinación, 140kilos entre bicicleta más alforjas más Germán y un 12×100 de desnivel, es soltar freno y el cuentakms sube que da gusto. Las montañas se pasan la carretera de una a otra mientras voy bajando. En sus bases la bajada sigue. Entre las gargantas y desfiladeros pasa la carretera y unos rápidos que refresca el ambiente y le pone banda sonora a la etapa. Finalmente salgo de las montañas y entro en el valle de Chuy.

Las avenidas y calles en Bishkek están llenas de enormes árboles que dan sombra. Hay que ir con cuidado con los incontables y profundos socabones tanto en la acera como en la calzada. Al sur sobresalen de entre los edificios las montañas nevadas.  El estilo arquitectónico es soviético. Grandes bloques cuadrados en inmensas plazas. Me choca la gran comunidad rusa que hay en la ciudad y como contrastan en rasgos con la comunidad kirguís.

María, una chica local con raíces rusas me hospeda en su casa. Es nacida en Kirguistán y siempre ha vivido en la ciudad pero se siente rusa. Por lo visto es una realidad muy habitual en el joven país. Me cuenta que la convivencia entre locales con sangre rusa y locales con sangre kirguís no es siempre fácil. Tras unos días decido cambiar de casa para conocer la otra cara de la moneda. Entonces doy con Altynai. Una joven y dinámica kirguisa. Ella no siente esa brecha. Siempre con una sonrisa me muestra con entusiasmo su ciudad mientras espero que me den el visado para China.

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Posted from Bishkek, Chuy Province, Kyrgyzstan.

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9300 km . Osh

Algo no anda bien. Me despierto con mareos y al tratar de incorporarme noto dolor en el estómago. No debí beber de aquella fuente. Pozos de más de veinte metros sí. Pero como lo podía yo saber. Me despido del hombre esforzándome por sonreír. Son las seis de la mañana y estoy a 50 kms de Kirguistán. Tardo todo un día en llegar a la frontera. Por el camino me debo obligado a parar y estirarme debajo de un árbol, caseta e incluso en la cuneta del intenso dolor de estómago. Estamos a 38 grados, tengo la cabeza ardiendo y siento frío en la extremidades. Después de tomarme un sobre de sodio con agua y una siesta de dos horas me despierto sin tembleque en las piernas y con más moral.
Llego a la frontera cuando cae el sol. Cruzo los dedos para que no me pidan los registros. En Uzbekistán debes acudir a un hotel como mínimo una vez cada tres días donde te dan un papel sellado, el registro. La pena por no realizarlo va desde los 50 dólares por registro no realizado hasta la deportación. Es un modo de control usado en tiempos soviéticos que no es posible realizar viajando en bicicleta. En un mes he realizado dos registros. No me piden nada de nada, genial. La frontera entre Uzb y Ks está abierta sólo para turistas, los locales no pueden cruzarla. No hay nadie más que yo. Salgo de Uzbekistán y estoy frente a una verja de metal para entrar en Kirguistán pero no hay nadie. Doy voces y meneo la verja. Nada. Pasado un rato un guardia uzbeco llama a el otro puesto fronterizo y me vienen a abrir. El escenario es desolador. Casas, comercios y cambios de divisas abandonados iluminados con los últimos rayos de sol. La policía fronteriza kirguiza me preguntan porque cruzo tan tarde, si soy un espía. Con esos métodos no se les debe escapar ni uno. Osh es la segunda ciudad más grande del país. No hay edificios altos y la ciudad se extiende por todo el valle y alrededor de la montaña sagrada Sulaim Too. No hay alumbrado público y cuando llego quedan pocos negocios abiertos así que voy siguiendo el haz de luz de mi linterna. Un guardia me ha recomendado un gran hotel en el centro. Como bien me ha dicho al verlo sé que es ése. Un enorme y cuadrado dinosaurio soviético. Son cinco euros la noche. El suelo de la habitación de parquet de madera está levantado y al pisarlo baila bajo los pies. La ducha comunitaria es antigua pero funciona bien y hay agua caliente. Puedo decir que mi día ha mejorado desde esta mañana y mucho.

Paso dos días en Osh descansando y planeando la ruta hacia las montañas. La bici hace algún que otro ruido pero no le doy importancia.

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Posted from Kashgar-Kyshtak, Osh Province, Kyrgyzstan.

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9250km Olmaliq . Montaña . Katta Turk . Boz . Acaka

Me despido de Tashkent después de comer. Tengo ganas de pedalear y lo hago hasta entrada la noche. Con la oscuridad tardo una hora en encontrar un buen lugar donde dormir. Junto a un río y bajo un árbol hay un viejo “sufá” metálico, una plataforma con forma de cama donde los locales se estiran a tomar el té, comer o descansar. No me doy cuenta que está plagado de arañas y paso las pocas horas que quedan de noche tratando de ahuyentarlas.
Con pocas horas de sueño me pongo en marcha. Hoy toca subir a la montaña. La pendiente es dura pero el tiempo acompaña y echaba de menos este paisaje. A 9 km del paso alto paro a tomar aire junto a una parada ambulante. Una joven y guapa uzbeca la regenta. Compro una especie de dátiles y llega su hermano con la camioneta cargada de flores para el té. Me invitan a dormir en unos bungalovs que alquilan a la gente de la ciudad los fines de semana. Qué lástima no saber ruso. Entre gestos, sonrisas, dibujos y fotos nos comunicamos. El padre está en Rusia con el camión mientras la madre y los diez hijos se encargan del huerto, animales, la pequeña tienda, etc.
Tras un contundente desayuno subo hasta los 2300mts, qué maravilla después de tanto desierto. En la cima hay una base militar. Para cruzar dos túneles me piden cinco veces el pasaporte. No le encuentro ningún sentido pero son simpáticos. Luego 40 kms de bajada hasta un restaurante de pescado que hacen el negocio del día conmigo. Achicharrado por el sol y asfixiado por el calor no pregunto el precio. La comida más cara en Uzbekistán, diez euros. A partir de ahí empiezan los problemas. Tengo la rueda pinchada, le pongo un parche y sigo. Ahora voy por el valle de Fergana. Es llano y la carretera un gustazo. Lleno de insectos que revolotean a mi alrededor y algún kamikaze que impacta contra mis gafas. La rueda que he reparado hace 50kms vuelve a deshincharse. Paro, le doy aire, hago cinco kms y otra vez. Repito la operación tres veces hasta que en un campo diviso una fantástica cama de madera. Cruzo un riachuelo por una tubería de riego haciendo equilibrios hasta el campo y vuelvo a reparar el pinchazo. Sólo me queda un parche. Anochece. Me preparo la cena y de la oscuridad aparece un hombre reclamando de buenas maneras esa solitaria cama. Planto la tienda a pocos metros de la cama y de mañana compartimos desayuno, pan, tomates, pepinos y té.
De poco sirve que cruce los dedos. A los pocos kms vuelve a deshincharse mi rueda. Qué carajos hago mal? Repito la operación de ayer. Hinchar y pedalear hasta que pierda el aire. La cuarta vez que me bajo de la bici es para parar a una camioneta, a 30 km hay un pueblo. Un mecánico de coches me repara la pérdida de aire y me fija un radio que parece ser el culpable de tanto pinchazo.
A cincuenta kms de la frontera con Kirguistán un hombre me ofrece pasar la noche en su casa. Me parece buena forma de pasar la última noche en el país. Tiene mujer y tres hijas pero sólo las veo de reojo cuando se acercan a la puerta del salón para dejarnos ahí la cena. Frente a su casa nos juntamos varios hombres y jóvenes. Alumbrados con la luz de un móvil intentamos comunicarmos. Me sé de memoria las típicas preguntas y las fotos del móvil siempre ayudan. Un sonriente chico sordo de 20 años mediante gestos me pregunta y es con el que la comunicación es más fluida. Pasada la medianoche entramos en el salón y el hombre extiende varias mantas sobre el suelo. Dormimos ambos en la misma sala uno al lado del otro.

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Posted from Andijan Province, Uzbekistan.

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8820 km . Taskhent .

Alicia y Ludovic son profesores en una universidad coreana en Tashkent. Ella es americana y él francés. Su trabajo les proporciona una casa de dos plantas para cada uno con piscina comunitaria en la ciudad. Desde que crucé el Caspio no había estado en una casa así. Ya no recordaba lo placentero que puede ser un aire acondicionado.
Baku y Victoria, unos locales amigos de la pareja se ofrecen a acompañarme para reparar la bici. Las distancias son enormes y tras horas de aquí para allá en el coche de Baku, acabamos en un enorme bazar. Damos con una gigantesca nave poco iluminada llena de componentes de bici. No me dejan hacer fotos. Todos me señalan a Ruslan como el master de la zona. Necesito cambiar la rueda trasera, los neumáticos, los platos, los piñones, la cadena y el cambio. Me cita a las siete de la tarde cerca de donde vive Alicia. Llega tarde y en bici, le sigo hasta un pequeño garaje en una calle sin luces y alli por fin parece que vuelvo a tener una bicicleta en condiciones. Más me vale, ahora vienen las montañas de Kyrgyzstán.2015-06-15_11.39.39 2015-06-15_11.39.02 2015-06-15_11.40.15 2015-06-15_14.00.13

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8820 km . Samarkand. Jizzakh . Tashkent

Cruzo los dedos para que la bici me aguante hasta la capital donde le haré una puesta a punto. Son 275 km y la carretera no es mala pero a la mitad ya me faltan ocho radios. Me niego a subirme a un camión y continúo con el bamboleo que tiene una bici con radios rotos. Por cabezón uno de los radios rotos engancha el cambio y lo hace trizas. Es de noche. Estoy en medio de una subida con la luz frontal en la cabeza y otra vez arrastrando la bici. Durante diez larguísimos kilómetros hasta que llego a un restaurante 24 horas cerca de Jizzakh. Son las once de la noche y llaman a Kamol, el profesor de inglés del pueblo. Al rato llega y le explico lo sucedido y si sabe de algún taller. No hay taller ni tienda pero si el bazar de segunda mano. Duermo en el restaurante y al siguiente día bien temprano me pasan a recoger para ir al mercado. Las piezas que me ponen me permitirán llegar a Tashkent no sin antes pinchar cuatro veces por el desgaste de mis neumáticos.2015-06-15_11.33.55 2015-06-15_11.35.35 2015-06-15_11.34.58 2015-06-15_11.31.39 2015-06-15_11.24.04 2015-06-15_11.30.17

 

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8545 km . Bukhara . Samarkand

Llamo a Sherot, el chico que conocí en Nukus, que vive en Bukhara. No me puede alojar pero me hará de guía turístico. Él y su amigo Ibod pasan conmigo todo el día. Hablamos de las tradiciones uzbecas y de que manera siguen bien arraigadas a los tiempos modernos. Las madrasas, bazares, palacios y mezquitas de la ciudad rememoran la importancia de Bukhara desde el prisma religioso hasta el comercial en la famosa ruta de la seda.

El camino hacia Samarkand, la tercera ciudad del triángulo del Oro de Asia, es verde y plagado de plantaciones. Burros tirando de carretillas hasta los topes, bicicletas aguantando el equilibrio cargando todo tipo de cosas, camiones soviéticos hasta las trancas de paja… Cuando cae la noche duermo en las casetas de los campos que tienen para protegerse del sol. En ocasiones si hay alguna casa cerca me traen comida y té.
Tres días después estoy en Samarkand. Me hospedo en casa de Zafar, un joven empresario de 30 años con mujer y dos hijos. Es enriquecedor hablar con él. Sus padres le concertaron un encuentro con su actual esposa y a las dos semanas ya estaban comprometidos, al mes casados. Al ser el hijo varón menor tiene que vivir con sus padres en su casa. Me dice que las tradiciones siguen siendo muy fuertes en el país aunque cada vez hay más mujeres exigiendo derechos igualitarios. No le gusta y culpa a la televisión rusa de llenarles la cabeza con fantasías de amor y promiscuidad. Es un anfitrión extraordinario.

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8275 km . Khiva . Kizil Kum . Bukhara

Atravesar el desierto de Kizil Kum desde Khiva hasta Bukhara me lleva 4 días y 450 km. Empiezo a pedalear sobre las seis de la mañana y cada hora hago una pausa. El calor se hace insoportable a partir de las doce del mediodía hasta las cuatro de la tarde, más de 40 grados. En esas horas si encuentro algún restaurante de carretera o algo que dé sombra duermo un poco y como. Las moscas han perdido la cabeza y se amontonan sobre las mesas. La carne la guardan en unas neveras sucias, entre botellas de agua y cocacola. Al abrir y cerrar la puerta varias moscas se quedan atrapadas dentro. A la chica no parece importarle en absoluto y yo necesito comer. Como era de esperar mi plato contiene un par de moscas fritas con cebolla.
Por lo menos la carretera es buena. Los primeros 350 km son una gozada. Alemanes y coreanos han construido esta autovía hace pocos meses. Los últimos 100 un desastre, pero ya estoy en Bukhara.2015-06-05_23.23.072015-06-05_23.24.292015-06-05_23.27.032015-06-05_23.28.292015-06-05_23.29.14