11600 km . Kaxgar . Urumqi . Lanzhou . Xiahe . Chengdu . Yaan

 

He entrado a China por la provincia de Xinjiang. La más grande y desértica del país. Los 90 kms que me separan de Kaxgar se me pasan volando. En parte por las ganas de llegar a una ciudad china. No tardo en percatarme que circulo por una autopista. Paso varios peajes ante la atónita mirada de los controladores. No veo ruta alternativa en el mapa por lo tanto sigo.

Menuda sorpresa al llegar a Kaxgar. El 90% de la población es Uyghur. Un grupo étnico con raíces turcas. Son musulmanes y usan el alfabeto árabe. Las mujeres visten vestidos de colores alegres y se cubren la cabeza. Los hombres usan un sombrero distintivo.

La ciudad aunque no llega al medio millón de habitantes tiene un ritmo trepidante. La vida se hace en la calle. Artesanos de todo tipo de ganan la vida trabajando con las puertas abiertas. La comida callejera es deliciosa y el precio de risa. Las facciones de los locales no son asiáticas y tienen la tez oscura.

Debido al gigantesco tamaño de China y que mi visa es de tan sólo un mes decido coger un tren hasta Lanzhou. Dos horas y media de cola después tengo los billetes. Iré hasta Urumqi y de allí a Lanzhou. 3200 kms de recorrido. Un día antes de salir envío la bicicleta y maletas en otro tren tipo Cargo.

El viaje dura 42 horas. Las 20 primeras sentado en un vagón en el que se venden más billetes que asientos libres. Un único lavabo que nadie pasa a limpiar en todo el trayecto. Y un ambiente que mezcla el exceso de personas, el humo de los fumadores y el tiempo del reloj. Las últimas 22 horas dispongo de litera y me las paso durmiendo.

Con los pies en Lanzhou, un poco aturdido por el viaje, voy a recoger la bici y alforjas pero me dicen que pase mañana porque aún no han llegado. La misma historia se repite los dos días posteriores hasta que reconocen no saber dónde están mis alforjas. Por lo visto la bicicleta la tienen pero las maletas han ido a ”quién sabe dónde”. Una situación desmoralizadora. En las alforjas lo tengo todo. No saben dónde están ni cuándo sabrán dónde están…ni si las encontrarán.

Ante tal panorama me voy a Xiahe para darles tiempo. Es un pueblo tibetano a cuatro horas en autobús de Lanzhou. Allí está el monasterio Labrang donde viven 2000 monjes, el mayor monasterio budista fuera del Tibet. Los tres primeros días me quedo en la habitación del albergue con fiebre, pensando que sólo debería estar permitido enfermar estando en casa de uno. Medio repuesto visito el pueblo. La gran cantidad de turistas le roban parte la esencia de lo que debería ser un lugar de meditación y rezo. Los turistas son chinos de otras provincias. Las escenas de aglomeraciones para tomar fotografías se repiten en cada esquina. Sólo tras un corto e intenso chaparrón las calles se quedan vacías y Xiahe recupera la tranquilidad.

Regreso a Lanzhou y hay noticias sobre mi equipaje. Está 1000 kms al sur, en Chengdu. Tardaría unos tres días en llegar. Decido ir yo a buscarlo. 17 horas de tren. Esta vez durmiendo en el vagón de la cafetería, mucho mejor que en el de pasajeros.

Chengdu me recibe con lluvia. Recojo bicicleta y alforjas y voy al hostal. Lamentablemente aún no estoy recuperado y el cansancio y el agua me provocan una recaída. Otra vez malo. Cinco días de reposo. Qué está pasando! Para más inri el pasaporte me caduca en menos de seis meses no permitiéndome entrar en otro país. El consulado más próximo está a 1800 kms y tardan un mes en renovármelo. No es viable porque en ese tiempo ya me habrá caducado el visado chino.

Decido pasar los últimos días en China por las montañas cercanas al Tíbet y luego coger un avión desde Chengdu a Madrid. El plan es bueno pero el tiempo y las frondosas montañas lo complican.

Salir de Chengdu con la bicicleta me lleva casi todo un día. La ciudad nunca se acaba. Viven 14 millones de habitantes y las vías rápidas para salir de la urbe sólo son para coches. Cansado de estar en un laberinto me meto por la autopista. Una vez alejado del centro salgo de la vía de manera poco ortodoxa y repesco una carretera nacional. Acampar parece imposible. Todo el suelo está ocupado. Casas y plantaciones. Desviándome por un camino encuentro un pequeño terreno de arena y hierbas. De madrugada llueve y la arena se vuelve barro. Por la mañana un lodo pegajoso y compacto crea una doble suela en los zapatos. Las ruedas de la bici quedan bloqueadas al tratar de sacarla del barrizal. Tengo que arrastrarla varios metros y luego quitarle el barro. Mis pies pesan del cúmulo de lodo. Cuando consigo salir voy hecho un Cristo. Además no para de llover y los impermeables ya no repelen el agua. No tengo más alternativa que seguir. Llueve todo el día. De nuevo acampar es inviable y monto la tienda en un callejón entre invernaderos abandonados. Al tercer día la lluvia es intermitente. Enormes arrozales y más tarde campos de té. Hay gente constantemente. Al final de la jornada el paisaje se vuelve más montañoso y salvaje. La vegetación es exuberante y una nieblina cubre la copa de los árboles. Un pequeño terraplén me sirve para plantar la tienda. Por la noche el ruido de los insectos es ensordecedor.

Al siguiente día parece que esté en una selva tropical. Paredes verdes se alzan a lado y lado de la carretera. La vegetación es tal que los árboles quedan sumergidos en un manto de malezas y plantas. Hay mucha humedad y un suave rocío lo empapa todo. Los valles están ocupados por pueblos que aprovechan el espacio con edificios de treinta plantas y caudalosas presas de agua. Toda la ropa está mojada y con la humedad no se seca. Después de dos horas buscando encuentro un espacio entre cañas de bambú para acampar. No es fácil acceder hasta allí. El camino es revaladizo y estrecho. A un lado el río y al otro la densa vegetación. Cuando he conseguido pasar la bici hasta el bosque de bambú veo al comité de bienvenida. Unos gruesos y largos ciempiés rojos y negros invaden todo el suelo. Se pone a llover. Acampo y cierro bien las cremalleras de la tienda. No quiero visitas.

Empieza el día igual que terminó, lloviendo. Ante la imposibilidad de acampar y el sin cesar de las precipitaciones decido volver a Chengdu.

Paso la última semana callejeando y observando la vida de la ciudad. Igual que en Kaxgar, Lanzhou, Xiahe y los pueblos cercanos a Chengdu, los locales son simpáticos y extrovertidos. La mayoría de turistas en China son chinos. Bicicletas y motos circulan por un carril paralelo al de los coches. Nadie usa casco. Las motos son eléctricas. El tráfico fluye muy bien pese a las constantes infracciones. La comida tradicional servida en locales a pie de calle es deliciosa. Entre uno y dos euros el plato. Sonarse la nariz en público es de mala educación, no lo es escupir ruidosamente. Las mujeres trabajan en la construcción, de mecánicas y camioneras. Grupos de locales hacen taichí en los parques. Pocos hablan inglés. Muy pocos saben dónde está España.

En menos de 24 horas sale mi vuelo hacia Madrid.

 

Fotos Kaxgar

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Lanzhou

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Xiahe

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Chengdu

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Dirección zonas tibetanas de la China

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Posted from Chengdu, Sichuan, China.

11170 km . Osh . Gulcha . Aktala . Sary Tash . Irkeshtam . Ulugqat

 

Es la recta final. La carretera, tratando de engañarme, sube discretamente. Lo sé porque la bicicleta me pesa y aparentemente no hay desnivel. Los primeros días voy siguiendo el curso de un río con un calor agradable. El tercer día el buen tiempo me abandona. A tres mil metros, sin sol y lloviendo. Justo antes del puerto que tengo pendiente encuentro un vagón de tren usado como vivienda. Monto la tienda a su lado con unas excelentes vistas al paso que mañana treparé. La familia del vagón me invita a pasar y calentarme junto al fuego.

Deja de llover de madrugada. Al mismo tiempo que una vaca atraída por el olor a comida que desprende una de mis alforjas se acerca curiosa y tumba la bici. ”De ahí no pasa”.

El asfalto aún mojado brilla con la luz del Sol. El paso está a 3550 mts. Con la energía mañanera resulta hasta fácil. Arriba unas niñas salen corriendo de unas yurtas y me dan flores. Les doy unos polvos dulces para el agua y creo acertar por las caras que ponen. Llego a Sary Tash, famoso porque allí la carretera se bifurca para ir a China o a Tajikistán. Hay un enorme valle con agua anaranjada y nubarrones. Yo avanzo hacia el este por el lado norte del valle y unos gigantes blancos lo hacen por el sur. Ruedo a más de tres mil metros y viéndolos me siento pequeño e intimidado. Son los Pamires de Tajikistán y China. Colosales montañas nevadas de hasta siete mil metros. Las nubes cubren el norte del valle. Mientras yo me muevo en la sombra contemplo como el Sol ilumina los Pamires. El contraste es brutal.

He tenido suerte de poderlos ver. A la media hora las nubes descargan y la visibilidad queda reducida. La tromba de agua es considerable y monto la tienda. El agua se cuela por una costura y paso la noche escurriendo la toalla cuando ya no puede absorber más agua. Por la mañana la niebla, el frío y el rocío lo cubren todo. No veo a más de diez metros. Es muy densa. Sé que se acercan los coches por el sonido. Pocos segundos después salen de la espesa niebla y vuelven a desaparecer. Así no es como había imaginado llegar a China. Cuanto más me acerco a la frontera mejor día hace. Los últimos kms son duros y bonitos. Estoy entrando en el desierto montañoso. Irkeshtam es el último pueblo de Kirguistán. Las casas y negocios son oxidados vagones de tren con nuevas funciones. Un lugar difícil para vivir.

Cruzo la frontera kirguisa y llego a la china. Me sorprende el mal estado de las instalaciones. Un gran edificio blanco al que se le caen las tachuelas y le crecen malas hierbas en el tejado. Por primera vez desde que salí de España me revisan el equipaje. Luego me obligan a tomar un taxi compartido durante 130 kms hasta salir de la zona prohibida para los civiles. Estoy en Ulugqat. Allí volvemos a pasar un control y por fin me dejan ir. Libre en China. Llegué a la frontera a las dos y son las ocho. Pedaleo durante la noche. La carretera es excelente y la brisa agradable. Acampar no resulta fácil porque los laterales de la calzada están vallados. Aprovecho un pequeño espacio entre secciones para pasar, montar la tienda y dormir. He llegado a China.

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Posted from Kizilsu, Xinjiang, China.

10870 km – Bishkek – Issykul – Songkul – Kazarman – Jalabad – Osh

Con el visado de China listo me marcho de Bishkek. A mi izquierda veo las montañas del país vecino, Kazajastán. Me habían hablado mal de esta carretera. Peligrosa y sin encanto. No me lo parece. La ascensión hasta el lago Issyk kul es de unos mil metros pero de forma muy suave. El escenario es cambiante. Montañas áridas, valles verdes y grandes bloques de piedra que se alzan a cada lado de la carretera. Tardo dos días en alcanzar el Este del lago y acampo en una zona de dunas detrás de una estación de trenes de mercaderías.
Tras una breve visita a Issyk kul y cargar las alforjas con agua y víveres cambio de rumbo hacia el sur. Hacia el interior de Kirguistán. La carretera sube por tierras desérticas con montañas sin vegetación. Llego al lago de la reserva de Orto Tokoy, una maravilla. Por las arrugadas montañas que rodean el lago y porque no hay nadie. Tan sólo un grupo de camellos me sorprende en la carretera cuando me voy. El paisaje cambia de nuevo y entro en un valle verde y fresco donde acampo.
A la mañana siguiente me encuentro con dos chicas suizas que han venido un par de semanas a pedalear por el país, Miriam y Bárbara. De casualidad mientras charlamos llega un grupo de cuatro chicos también en bici. Claudio y Ken, franceses. Nicola, sueco. Nikita, ruso. Se conocieron ayer haciendo ruta. Todos vamos hacia el lago de Song kul así que formamos un pelotón. Llega el desvío hacia el lago y acaba el asfalto. Unas rampas inesperadas me hacen sudar pero eso es sólo la punta del iceberg. Al siguiente día y después de unos 40 kms llegamos al primer paso de montaña. La subida es criminal. En 15 kms se supera un desnivel de más de mil metros pero lo más duro es el estado del camino. Piedras, baches, bancos de arena…Tengo que empujar la bici en muchos tramos hasta que doy con la cima del paso, 3450 mts. No hay árboles y el aire es frío. Enormes bloques de nieve se mantienen unidos resistiéndose al calor del verano. El descenso nos conduce hasta Issy Kul, un lago alpino a 3000mts. Yurtas de familias nómadas en medio de planicies kilométricas. Niños cabalgando al galope enormes caballos. Rebaños de ovejas. El camino es llano pero se enrudece. Un constante traqueteo afloja los tornillos y pone a prueba las ruedas de mi bicicleta sin suspensión y cargada hasta los topes. Pasada la noche los franceses y Nikita marchan temprano mientras Ramona, Miriam, Nicola y yo desayunamos. Después de darle al pedal una hora paramos donde unos niños que han salido de las yurtas corriendo y chillando a grito pelao: “Turist,Turist!” Tienen caballos y una oveja en el puchero. En el interior de la yurta envuelta en pieles el ambiente está cargado. En esa redonda cabaña de escasos 15 metros cuadrados viven los siete miembros de la familia. Cocinar, comer y dormir en su interior y las demás actividades al aire libre. Nos dan caldo, grasa e intestino del cordero que están cocinado. Panecillos aceitosos y algo parecido a la mantequilla para untar. Les damos el dinero que nos parece ya que nos quieren invitar.
Las piernas todavía están resentidas del paso de ayer, por eso paramos a orillas del lago para montar las tiendas y pasar la tarde. Una nube de dóciles pero cansinos insectos nos rodean hasta que a media tarde se gira el tiempo. En una hora la camiseta ha dejado paso al anorak. Frío, viento y lluvia.
A la mañana me despido de  Song Kul con un baño matutino y de las chicas con tres besos como hacen en Suiza. Nikola y yo bordeamos el lago por el sureste. Nos despedimos con una pequeña pero intensa subida que nos regala unas fascinantes vistas de las montañas. Es entonces que soy consciente de lo altos que estamos, al ver todas esas cimas a la misma altura en la que me encuentro yo. Nos pasamos el día bajando. Clavando freno porque a la que te embalas te comes alguna piedra. En Jani Talap reponemos alimentos en las tiendas del pueblo y acampamos junto a un canal de riego en unos campos de cultivo. La brisa es agradable y huele a verde.
Con las pilas cargadas salimos. Según el gps vamos campo a través y la altura de la maleza cada vez le da más la razón. De pronto el suelo está seco, sin vida. Piedras y polvo en el camino. Montañas con pequeños arbustos resecos. Del traqueteo se rompe un radio de la rueda trasera. Es un sube y baja constante. Las nubes no dejan pasar la luz del Sol pero sí su calor. A los 50 kms topamos con el paso de Karako Asasu de 2800 mts y estamos a 1750 mts. Es impactante ver hasta donde sube el camino desde la base de la montaña, impactante y acojonate. El camino hace zigazagas. Sopla un viento muy fuerte que hacia el este me empuja y hacia el oeste me frena. Lo más suave que hago es mentarle a la madre. Sin bajar de la bici llegamos a la cima. Nos refugiamos de la lluvia en un vagón de tren reformado como vivienda. Una familia nos ofrece té y nosotros les damos unos dulces a los niños. Dormimos pasada la cima en un pequeño rellano que hay a un lado del camino, entre montañas.
El siguiente día resulta el más agotador. El tacataca constante, el sofocante sol, la sequedad del ambiente, el polvoriento camino y un incesante sube y baja… Bienvenidos a Kirguistán! Tres pinchazos más tarde topamos con un pueblo y en su única tienda sólo tienen alcohol y caramelos. Los niños nos acompañan hasta la fuente de agua y nos rellenan las botellas. Acampamos a las afueras.
Nos despertamos con más optimismo ya que a 40 kms está el pueblo de Kazarman y hemos oído que tienen hasta restaurante. Arriba hasta los 2600 mts, luego una larga bajada hasta los 1600 mts, cruzar el río Naryn y pedalear en llano. Cuesta de creer que sea llano. El centro del pueblo es un semicírculo. Sus radios son bloques de viviendas en precarias condiciones de legado soviético. Disfrutamos de una merecida comida, cargamos los aparatos eléctricos y nos relajamos junto al aire acondicionado. Al atardecer salimos del pueblo y pedimos permiso a un campesino para poner las tiendas en sus dominios.
El último paso antes de volver a el asfalto nos espera. Nicola quiere hacerlo de una tirada así que nos despedimos. Son 60 km sin parar de subir, en los últimos 25 kms llegas a los 3200 mts empezando a 1600 mts. Al llegar a los 3000 mts paro y me dejo el resto para el desayuno. La noche es fría y silenciosa. El cielo plagado de estrellas. Duermo de un tirón.
Una tenue neblina que hace fruncir el ceño me da los buenos días. Llego al paso dejando grandes placas de nieve detrás de mi y empieza el descenso. Es un auténtico camino de cabras. Dos horas después llego abajo y sigo un río. Pero lo sigo desde las colinas, arriba y abajo, arriba y abajo. Un subidón de adrenalina me invade al pisar asfalto pero dura poco, unos centenares de metros y otra vez mi querido camino pedregoso. 15 kms después vuelve la carretera y esta vez sin sorpresas.
Por la mañana, motivado por haber acabado con el tembleque continuo de la última semana pedaleo con energía. Estoy deshaciendo camino por el que pasé hace un mes cuando iba hacia Bishkek. Sube y baja, rampas de 12×100 pero en asfalto. Hago 115 kms y me paro a dormir en un campo con manzanos. Qué fácil parece todo. Buena carretera, sitios donde comprar comida y agua, árboles que dan sombra…
Después de dos semanas de ruta continua y 870 kms en su mayoría por caminos tremebundos llego a nuevamente a Osh. Varios pinchazos, un radio roto, dos tornillos perdidos, un freno fuera de sitio y hasta arriba de polvo. Un balance muy positivo viendo por donde he metido a la pobre. Tengo China a tiro de piedra, a tres o cuatro días. Antes descansaré unos días en la ciudad.

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Posted from Kashgar-Kyshtak, Osh Province, Kyrgyzstan.